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«NO ESTAMOS ROTAS, ESTAMOS FURIOSAS»
Organizadas y vivas contra la violencia masculina hacia mujeres y personas queer
A cura di Beatrice Follesa
¿Cuál es el grito colectivo que quieren hacer llegar al mundo este 25 de noviembre? – pregunto en la última pregunta de la entrevista. «Autonomía, liderazgo y justicia», responde Andrea Díaz de la asociación Vidas Paralelas. Cristina (/), de Red de Mujeres Ixiles (Asoremi) – que nos pide mantener su apellido en privado – se despide diciendo: «Mi grito es este: no estamos rotas, estamos furiosas, estamos organizadas y vivas, ni un paso atrás ni una muerta más, ni una menos nunca más».
Preparo las entrevistas en Marruecos, entre el aeropuerto y los desplazamientos. Escribo las preguntas y se las envío a las compañeras. Desde Cerdeña, Beatrice se encarga de hacer la conexión con Guatemala en mi lugar, ocupándose también de la traducción al italiano – tarea ingrata. Alice, desde Roma, modera el encuentro y me cuenta cómo ha ido. Con un Wi-Fi intermitente consigo enviar las preguntas a las otras compañeras en Colombia. Dialogamos con tres realidades: Red de Mujeres Ixiles (Asoremi), asociación de mujeres indígenas guatemaltecas comprometidas en la defensa de los derechos humanos de las mujeres; Vidas Paralelas, organización de mujeres lesbianas y bisexuales de Quetzaltenango (Guatemala); e Insurgesta, colectiva surcolombiana (Potosí, Ciudad Bolívar) de investigación y creación feminista en artes visuales, performativas y antropología.
Este texto nace así, como un intercambio de saberes transfeministas que atraviesa los océanos y aún así logra conectarse. En esta distancia, las redes de sororidad son las que nosotras mismas hemos construido en viajes, asambleas, grupos de cuidado y militancia. Y donde terminan nuestros contactos, comienzan los de otras. Así, cada una logra aportar porque, con el tiempo, ha dejado una hermana en alguna parte del mundo. En una de sus últimas lecciones sobre la violencia de género como fenómeno sistémico y actual, Oria Gargano nos dijo: «Recuerden: hay que operar sobre la relación política entre mujeres». Operar, es decir, más allá de los contextos y distancias socioeconómicas y culturales, para que todas las mujeres* – ninguna excluida – puedan reconocerse como parte de una colectividad duradera. Porque es de la fuerza de todas que cada una puede encontrar la suya.
Lo que señala Oria Gargano es un punto central en la práctica transfeminista contemporánea: en un presente donde las opresiones y violencias de género no disminuyen, y asumen formas cada vez más sutiles, estructurales y visibles, la colectivización de la rabia está generando redes de movilización locales y transnacionales sólidas, capaces de redefinir, quizás, el sentido mismo de la sororidad. Ya no la universalista y uniforme heredada del feminismo de los años sesenta, sino una sororidad entendida como dispositivo de alianza concreta e interseccional, construida no sobre la identidad, sino sobre un posicionamiento rebelde, anticapitalista, antirracista y antipatriarcal. Es en esta trama de relaciones y resistencias donde se generan dimensiones de supervivencia común y de transformación de lo real, y es desde aquí que quisimos partir. Por este 25 de noviembre, unimos algunas voces compañeras del Sur Global a las nuestras, dialogando sobre las prácticas colectivas que llevamos a cabo durante esta jornada, los obstáculos y las demandas que queremos hacer llegar al mundo, aunque nuestros mundos no sean los mismos.
Desde el fuego encendido en Argentina por Ni Una Menos hasta las movilizaciones chilenas al grito de “Un violador en tu camino”, América Latina es el lugar donde la lucha feminista – nacida en las calles, entre comunidades de mujeres indígenas, afrodescendientes y migrantes – ha logrado arraigarse en los territorios e interseccionarse con dimensiones sociales, de clase y raza, y los saberes ambientales y coloniales. Un feminismo que ha tenido que enfrentar el conflicto armado y la violencia machista paramilitar, dando origen luego al concepto de “Entronque Patriarcal”: el cruce del sistema patriarcal local con el impuesto por el dominio colonial. «En Guatemala, la violencia de género tiene el rostro de una mujer, indígena, de escasos recursos, disidente de la identidad de género binaria o de la heterosexualidad», nos dice Andrea Díaz de Vidas Paralelas en Quetzaltenango. «Aquí, ser mujer, indígena, lesbiana, trans», continúa, «significa habitar un cuerpo que el sistema considera desechable. Frente a esto, el transfeminismo a nivel local no es solo una postura política, sino una forma de supervivencia».
En febrero de 2025, Human Rights Watch publicó un informe que denuncia el fracaso estructural de los gobiernos guatemaltecos en la lucha contra la violencia sexual y de género, los embarazos forzados y en garantizar servicios de salud esenciales y procesos de justicia efectivos. El informe también documenta la falta de acceso oportuno a anticonceptivos, la escasa asistencia prenatal, durante y postnatal, así como las múltiples barreras que siguen enfrentando las sobrevivientes: estigma, estereotipos de género, maltratos y aislamiento social. Desde la perspectiva de Díaz, mujer lesbiana activista en Guatemala, el 25 de noviembre representa «la resistencia de todas las resistencias organizadas frente a un Estado que históricamente ha ignorado nuestras vidas y derechos». Desde Santa María Nebaj (Quiché, Guatemala), Cristina (/) habla por las Red de Mujeres Ixiles (Asoremi), con un trabajo centrado en el acompañamiento diario a mujeres indígenas para salir de situaciones de violencia. «Nuestro objetivo», relata, «es mover al Gobierno, especialmente los sectores de justicia y salud, para que rindan cuentas a las ciudadanas sobre su compromiso con la lucha contra la violencia de género. Este 25 de noviembre haremos una manifestación donde caminaremos juntas, mujeres y organizaciones, pasando frente a todas las instituciones para recoger información sobre lo que han hecho», y concluye: «veremos qué acciones tomar si no vemos cambios».
Las movilizaciones en Colombia, especialmente en días como este contra la violencia masculina hacia mujeres, son también un momento de protesta colectiva contra el abandono institucional y de sensibilización de la opinión pública sobre la violencia sexual. «El 25N para nosotras empieza a tener significado en el territorio hace más o menos 4 años, cuando las realidades de violencia sexual en el barrio se empiezan a develar tras el relato de una niña de 12 años», nos escriben las compañeras colombianas de Insurgesta. «Por esto decidimos tomarnos las calles en esta fecha sobre todo junto a las infancias para alertar a la comunidad y que las personas abusadoras que se esconden tras un negocio, una casa, un trabajo y entre los escenarios comunitarios sepan que sabemos y que entre los procesos también nos cuidamos». Su colectivo – desde el barrio Potosí de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá – busca activar todas las formas artísticas del territorio: «talleres desde la escritura para la creación de arengas, la gráfica popular para la creación de carteles en la técnica de collage, grabado y stencil, también desde la música para cuestionar las diferentes violencias que se replican en canciones que hacen parte de nuestra cotidianidad y desde el cuerpo para la creación de pequeñas escenas que reflejan la problemática». Todo para inundar las calles de la ciudad a través de un mapeo de los lugares de violencia e inseguridad, realizado por los propios niños y niñas.
Mientras tanto, en Italia, el 22 de noviembre la marcha nacional de Non Una Di Meno inundó la plaza con una marea transfeminista furiosa. Aquí, 2025 confirma que la violencia de género no es una emergencia, sino un fenómeno más que estructural contra mujeres y personas de la comunidad queer. El Observatorio nacional Non Una Di Meno sobre feminicidios, transfeminicidios y lesbicidios registra 84 feminicidios confirmados, incluidos suicidios inducidos de mujeres y personas Lgbtqia+, más 7 casos en investigación. A esto se suman 68 feminicidios intentados, con un número aún mayor de casos ocultos que se presume alarmante. Contrario a la mayoría de narrativas populistas y racistas que intentan proteger el mito de la familia tradicional, en el 51% de los casos el feminicida es pareja y en el 23% un ex-pareja: evidencia clara de cómo la violencia estructural se anida en las relaciones afectivas, la cultura del posesivo y las dinámicas sexistas y misóginas cotidianas. Los datos del Observatorio NUDM son centrales porque suplen el vacío político e institucional. El gobierno de Meloni, como ya denunciado por la campaña datosBene Comune, la red D.i.Re (Mujeres en Red contra la Violencia) y Period Think Tank, publica los datos sobre violencia de género y feminicidios en formatos mayormente inaccesibles o ni siquiera los publica. En este contexto, es fundamental subrayar que las medidas del gobierno de Meloni, desde la “Ley Roccella” hasta el Código Rojo reforzado de 2023, no son más que endurecimientos de un paradigma punitivo-represivo que no sirven para prevenir ni intervenir sobre las causas sistémicas del fenómeno.
«Estamos constantemente en riesgo en nuestros territorios», dicen Andrea Díaz y Cristina (/) cuando preguntamos cuáles son los desafíos más urgentes que enfrentan en sus espacios en Guatemala, entre criminalización, conservadurismo, impunidad y ausencia de políticas públicas para proteger a mujeres y personas Lgbtqia+. A pesar de este escenario, Vidas Paralelas sigue transformando el dolor a través del arte y la advocacy política: «No solo manifestamos», explica Díaz, «sino que nos organizamos mediante redes de apoyo, brindamos acompañamiento legal y psicosocial, y procesos de formación para mujeres y personas trans». Asoremi, por su parte, trabajando con su centro antiviolencia, se ha convertido en un punto de referencia para las mujeres del territorio: un espacio fundamental tanto para quienes buscan salir de relaciones violentas o abusivas, como para quienes necesitan servicios esenciales de escucha, apoyo psicológico y cuidado.
En Colombia, las compañeras de Insurgesta eligieron responder a la violencia estructural con procesos de autonomía económica desde la base. Uno de los objetivos fue «gestar un proceso de economía comunitaria y popular llamada “Tienda Gráfica in-surgesta”», un taller de gráfica y costura que ofrece a las mujeres un lugar de trabajo dentro del propio territorio, un camino de autosustento y también un espacio seguro de encuentro colectivo.
De un extremo a otro del mundo, en un presente oscuro como este – genocida, ultracapitalista, patriarcal y profundamente racista – reafirmamos que salir a la calle es el gesto y el derecho al disentimiento colectivo más radical que tenemos. Cuanto más intenten apagarnos, más nos incendiaremos. Reafirmamos que las redes de sororidad y militancia transnacional son una herramienta necesaria de autodeterminación y protección mutua. Cuanto más nos dividan, más compañeras seremos. Reafirmamos la necesidad transversal, en todos los niveles educativos, de una educación transfeminista en sexualidad, afectividad y relaciones, para un verdadero erradicamiento de la matriz patriarcal y heteronormativa de las sociedades. Cuanto más nos alejen, más nos educaremos clandestinamente entre los pupitres, los callejones, las calles y las plazas. Reafirmamos la necesidad de consultorios, centros antiviolencia, casas refugio y espacios anti-trata en un número que refleje las necesidades reales de cada territorio. Centros libres, exentos de control propagandístico, antiabortista, católico y antifeminista que solo alimenta el circuito de violencia patriarcal que se pretende erradicar. Cuanto más nos controlen desde adentro, más nos auto-organizaremos en una lucha antirrepresiva. Reafirmamos que nuestros cuerpos han sido y siempre serán nuestros. Cuanto más nos impidan autodeterminarlos, más desarrollaremos nuevas formas de defenderlos, contarlos y liberarlos. Reafirmamos que el acceso al trabajo debería ser libre e igual para todas, las responsabilidades parentales paritarias y los salarios no desiguales según sexo e identidad de género. Cuanto más nos encierren en una casa, más ampliaremos nuestro espacio más allá de su mirada. Cuanto más nos digan cómo amar, más amaremos de manera amplia. Estamos cansadas. No aceptaremos más nada: ni compromisos, ni silencios, ni pellizcos en la barriga. Somos compañeras, unidas, furiosas y más vivas que nunca. Como nos saludan las compañeras de Insurgesta: «Somos mujeres con muchas mujeres dentro», y nos reconocemos una a una, desde Potosí de Ciudad Bolívar hasta el punto más aleatorio de un mapa.
Qual è il grido collettivo che vorreste far arrivare al mondo per questo 25 novembre? – chiedo nell’ultima domanda dell’intervista. «Autonomia, leadership e giustizia», risponde Andrea Díaz dell’associazione Vidas Paralelas. Cristina (/), di Red de Mujeres Ixiles (Asoremi) – che ci chiede di tenere privato il suo cognome – si congeda dicendo: «Mi grito es este: no estamos rotas, estamos furiosas, estamos organizadas y vivas, ni un paso atrás ni una muerta más, ni una menos nunca más».
Preparo le interviste in Marocco, tra l’aeroporto e gli spostamenti. Scrivo le domande e le giro alle compagne. Dalla Sardegna, Beatrice si presta per un collegamento con il Guatemala al posto mio, occupandosi anche della traduzione in italiano – compito ingrato. Alice, da Roma, modera l’incontro e mi racconta com’è andata. Con sporadico wi-fi riesco a inviare le domande alle altre compagne in Colombia. Dialoghiamo con tre realtà: Red de Mujeres Ixiles (Asoremi), associazione di donne indigene guatemalteche impegnate nella difesa dei diritti umani delle donne; Vidas Paralelas, organizzazione di donne lesbiche e bisessuali di Quetzaltenango (Guatemala) e Insurgesta, collettiva sud-colombiana (Potosí, Ciudad Bolivar) di ricerca e creazione femminista tra arti visive, performative e antropologia.
Questo pezzo nasce così, come un traffico di saperi transfemministi che attraversa gli oceani e trova comunque il modo di connettersi. In questa distanza, le reti di sorellanza sono quelle costruite da noi stesse nei viaggi, nelle assemblee, nei gruppi di cura, nelle militanze. E dove finiscono i nostri contatti, iniziano quelli delle altre. Accade allora che ognuna riesce a dare il proprio contributo perché ognuna, nel tempo, ha lasciato in una parte di mondo una sorella. In una delle sue ultime lezioni sulla violenza di genere come fenomeno sistemico e attuale, Oria Gargano ci ha detto «Ricordate: si deve operare sulla relazione politica tra donne». Operare, cioè, oltre i contesti e le distanze socio-economiche e culturali, affinché tutte le donne* – non una esclusa – possano riconoscersi parte di una collettività perdurante. Perché è dalla forza di tutte che ognuna può trovare la sua.
Ciò che tocca Oria Gargano è un nodo fondamentale nella pratica transfemminista contemporanea: in un presente in cui le oppressioni e le violenze di genere non diminuiscono e assumono anzi forme sempre più subdole, strutturali e visibili, la collettivizzazione della rabbia sta generando reti di mobilitazioni locali e transnazionali solide, capaci di ridefinire, forse, il senso stesso della sorellanza. Non più quella universalista e uniformante ereditata dal femminismo anni Sessanta, ma una sorellanza intesa come dispositivo di alleanza concreta e intersezionale, costruita non sull’identità ma su di un posizionamento ribelle, anticapitalista, antirazzista e antipatriarcale. È in questa trama di rapporti e resistenze che si producono dimensioni di sopravvivenza comune e di trasformazione del reale, ed è da qui che siamo volute partire. Per questo 25 novembre abbiamo quindi unito alcune voci compagne del Sud Globale alle nostre, confrontandoci sulle pratiche collettive che mettiamo in atto durante questa giornata, sugli ostacoli e sulle istanze che vorremmo far arrivare al mondo, nonostante i nostri mondi non siano gli stessi.
Dal fuoco acceso in Argentina da Ni Una Menos alle mobilitazioni cilene al grido di “Un violador en tu camino”, l’America Latina è il luogo in cui la lotta femminista – nata nelle strade, tra le comunità di donne indigene, afrodiscendenti e migranti – ha saputo radicarsi nei territori e intersezionarsi con le dimensioni sociali, di classe e razza, e i saperi ambientali e coloniali. Un femminismo che ha dovuto affrontare il conflitto armato e la violenza machista paramilitare, dando poi origine al concetto di “Entronque Patriarcal”: l’incrocio del sistema patriarcale locale con quello imposto dal dominio coloniale. «In Guatemala la violenza di genere ha il volto di una donna, indigena, non abbiente, dissidente dall’identità di genere binaria o dall’eterosessualità», ci dice Andrea Díaz per l’associazione di Quetzaltenango Vidas Paralelas. «Qui essere donna, indigena, lesbica, trans», continua, «significa abitare un corpo che il sistema considera usa e getta. Di fronte a questo, il transfemminismo a livello locale non è solo un posizionamento politico, ma una forma di sopravvivenza».
A febbraio 2025 Human Rights Watch ha pubblicato un rapporto che denuncia il fallimento strutturale dei governi guatemaltechi nel contrastare la violenza sessuale e di genere, le gravidanze forzate e nel garantire servizi sanitari essenziali e percorsi di giustizia efficaci. Il rapporto inoltre documenta la mancanza di accessi tempestivi alle contraccezioni, la carenza di assistenza pre, durante e post natale, nonché le molteplici barriere che continuano ad ostacolare le sopravvissute: stigma, stereotipi di genere, maltrattamenti e isolamento sociale. Sempre dalla prospettiva di Díaz, donna lesbica attivista in Guatemala, il 25 novembre rappresenta perciò «la resistenza di tutte le resistenze organizzate davanti a uno Stato che storicamente ha ignorato le nostre vite e i nostri diritti». Da Santa Maria Nebaj (Quiché, Guatemala), Cristina (/) parla invece per le Red de Mujeres Ixiles (Asoremi). La sua prospettiva si radica nel lavoro quotidiano con le donne indigene e con l’accompagnamento di queste ultime nei percorsi di fuoriuscita dalla violenza. «Il nostro obiettivo», racconta, «è smuovere il Governo, in particolare i settori della giustizia e della sanità, affinché rendano conto alle cittadine del loro impegno al contrasto alla violenza di genere. Questo 25 novembre faremo una manifestazione dove cammineremo insieme, donne e organizzazioni, e passeremo davanti tutte le istituzioni a raccogliere informazioni su quanto hanno fatto» e conclude: «vedremo quali azioni compiere se non vediamo nessun cambiamento».
Anche le mobilitazioni in Colombia, in particolare in giornate come questa contro la violenza maschile sulle donne, sono un momento di protesta collettiva contro l’abbandono istituzionale e di sensibilizzazione dell’opinione pubblica sui temi della violenza sessuale. «Il 25 novembre ha iniziato ad assumere significato per noi recentemente, circa quattro anni fa, quando le realtà della violenza sessuale del quartiere hanno iniziato a venire alla luce grazie alla testimonianza di una ragazza di 12 anni», ci scrivono le compagne colombiane di Insurgesta. «Oggi scendiamo in strada soprattutto insieme ai bambini, per allertare la comunità e far sapere agli abusatori che si nascondono dietro un’attività commerciale, una casa, un lavoro, che noi sappiamo. E che ci prendiamo cura di noi stesse». Il lavoro del loro collettivo – dal quartiere Potosì di Ciudad Bolivar, a sud di Bogotá – cerca di attivare tutte le forme artistiche presenti sul territorio: «laboratori di scrittura di arringhe, di grafica popolare per la creazione di cartelloni con la tecnica del collage, dell’incisione e dello stencil, musica per mettere in discussione le diverse forme di violenza che si ripetono nelle canzoni e danza per riprodurre scene che riflettono il problema». Tutto per inondare le strade della città attraverso una cartografia dei luoghi della violenza e dell’insicurezza, tracciata dai bambini e dalle bambine stesse.
Intanto in Italia il 22 novembre il corteo nazionale di Non Una di Meno ha inondato la piazza di una marea transfemminista furiosa. Qui il 2025 conferma la violenza di genere non come un’emergenza, ma come un fenomeno più che strutturale ai danni di donne e persone della comunità queer. L’Osservatorio nazionale Non Una Di Meno sui femminicidi, transicidi e lesbicidi registra 84 femminicidi emersi, inclusi suicidi indotti di donne e persone Lgbtqia+, oltre 7 casi in fase di accertamento. A questi si aggiungono 68 tentati femminicidi, con un restante sommerso che si presuppone allarmante. A dis-conferma della maggioranza delle narrazioni populiste e razziste che cercano di proteggere il mito della famiglia tradizionale, nel 51% dei casi il femminicida è un partner, mentre nel 23% dei casi un ex partner: segno evidente di come la violenza strutturale si annidi nelle relazioni affettive, nella cultura del possesso e nelle dinamiche sessiste e misogine della vita quotidiana. I dati dell’Osservatorio NUDM sono centrali poiché si sostituiscono al vuoto politico e istituzionale. Il Governo Meloni infatti – come già denunciato anche dalla campagna datiBene Comune, dalla rete D.i.Re (Donne in Rete contro la violenza) e Period Think Tank – rende noti i dati sulla violenza di genere e sui femminicidi in formati perlopiù inaccessibili, o non li pubblica affatto. In questo quadro, è fondamentale ribadire quanto le misure del Governo Meloni, dalla “Legge Roccella” al Codice Rosso rafforzato del 2023, non siano che inasprimenti di un paradigma punitivo-repressivo che nulla serve a prevenire e a intervenire sulle cause sistemiche del fenomeno.
«Siamo costantemente a rischio nei nostri territori», dicono Andrea Díaz e Cristina (/) quando chiediamo quali siano oggi le sfide più urgenti che affrontano nei loro spazi in Guatemala, tra criminalizzazione, conservatorismo, impunità e assenza di politiche pubbliche a tutela di donne e persone Lgbtqia+. Nonostante questo scenario, Vidas Paralelas continua a trasformare il dolore attraverso l’arte e l’advocacy politica: «Non solo manifestiamo», spiega Díaz, «ma ci organizziamo attraverso reti di appoggio, facciamo accompagnamento legale e psicosociale, processi di formazione per donne e persone trans». Asoremi, invece, lavorando con il proprio centro antiviolenza è divenuto punto di riferimento per le donne del territorio: uno spazio fondamentale sia per coloro che cercano percorsi di fuoriuscita da relazioni violente o abusanti, sia per coloro che hanno bisogno di servizi essenziali di ascolto, sostegno psicologico e cura. Dall’altro lato, in Colombia, le compagne di Insurgesta hanno scelto di rispondere alla violenza strutturale con processi di autonomia economica dal basso. Uno degli obiettivi, infatti, è stato «avviare un processo di economia comunitaria e popolare chiamato “Tienda Gráfica in-surgesta”», un laboratorio di grafica e cucito che offre alle donne un posto di lavoro all’interno del territorio stesso, un percorso di autosostentamento e anche uno spazio sicuro di incontro collettivo.
Da un capo all’altro del mondo, in un presente buio comune come questo – genocidario, ultracapitalista, patriarcale e profondamente razzista – ribadiamo quindi che scendere in piazza è il gesto e il diritto al dissenso collettivo più radicale che abbiamo. Più cercheranno di spegnerci, più ci infuocheremo. Ribadiamo che le reti di sorellanza e militanza transnazionale sono uno strumento di autodeterminazione e tutela necessaria reciproca. Più ci divideranno, più compagne come mai saremo. Ribadiamo la necessità trasversale, in ogni scuola di ordine e grado, di un’educazione transfemminista alla sessuo-affettività e alla relazionalità, per un reale sradicamento della matrice patriarcale ed eteronormata delle società. Più ci allontaneranno, più ci istruiremo clandestinamente tra i banchi, i vicoli, le strade e le piazze. Ribadiamo la necessità di consultorie, centri antiviolenza, case rifugio e antitratta in un numero che rispecchi la reale esigenza dei singoli territori. Centri liberi, sgombri dal controllo propagandista, antiabortista, cattolico e antifemminista che altro non alimenta se non il circuito di violenza patriarcale che si vuole sradicare. Più ci controllerete dall’interno, più ci auto-organizzeremo in una lotta antirepressiva. Ribadiamo che i nostri corpi sono stati e sempre resteranno i nostri. Più ci impedirete di autodeterminarli, più elaboreremo nuove forme per difenderli, raccontarli e liberarli. Ribadiamo che l’accesso al lavoro dovrebbe essere libero e eguale per tuttə, le responsabilità genitoriali paritarie e i salari non diseguali rispetto a sesso e identità di genere. Più ci rinchiuderete in una casa, più aumenteremo il nostro spazio di là dal vostro sguardo. Più ci direte come amare, più ameremo in modo largo. Siamo stanche. Non accetteremo più nulla: niente più compromessi, niente più silenzi o più pizzichi sulla pancia. Siamo compagne, unite, furiose e più vive che mai. Come ci salutano le compagne di Insurgesta, «Somos mujeres con muchas mujeres dentro» e ci riconosciamo una ad una, da Potosì di Ciudad Bolivar al punto più casuale di una carta geografica.